QUIMERAS Y DESAFÍOS



Nada soy, nada he sido y no puedo pretender ser nada... aparte de eso guardo en mí todos los sueños del mundo!! (F.Pessoa)

Cantante, guitarrista, autor de canciones, psicoterapeuta, funcionario en excedencia ahora que me acuerdo, estudiante universitario a mi edad y escritor aficionado noctámbulo, noctívago y nocherniego...
Todo lo que la vida me ha ido enseñando se puede resumir en dos palabras: sigue adelante!!

Besos y abrazos
Dorchy Muñoz



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miércoles, 16 de noviembre de 2011

Microrelatos Psicoscuros II


                                            

 "Microrelatos Psicoscuros II"


En realidad poco o nada podría haber hecho por evitarlo porque de alguna forma un día u otro era más que probable que pudiera sucederle. Los días parecían traer treinta horas y las noches se hacían interminables. Ni siquiera el primer café y la ducha matutinos parecían despejarle y los primeros quehaceres del día se le hacían insufribles. Las piernas le pesaban como piedras cuando salía a comprar y tenía la sensación de que todo el mundo le miraba. Se mordía las uñas, se rascaba la cabeza y miraba el móvil muy a menudo para ver si tenía algún nuevo mensaje. Había dejado de usar el coche y procuraba volverse a casa cuanto antes con  pan, tabaco y cervezas para todo el día. El teléfono de casa descolgado y la televisión puesta sin volumen. A veces intentaba escuchar el telediario, pero pronto se aburría y volvía a pulsar el mute del mando a distancia. No avanzaba ni tres páginas del libro que estaba estudiando y cuando se decidía por leer un rato apenas si avanzaba cuatro o cinco hojas. Se servía una cerveza, encendía un cigarrillo y miraba por la ventana, el otoño ya había entrado pero no acababa de llover como parecía anunciar el cielo. Fue por fin aquella tarde de domingo cuando en un acto de rebeldía consigo mismo decidió coger el coche y acercarse a visitarla. Llevaba unos vaqueros más bien modernos y una americana azul de pana, unos tenis que había comprado esa misma semana y las nuevas gafas de sol. Cogió la autovía con decisión y se sintió feliz al comprobar que no le temblaban las piernas, ni parecía marearse, como le había ocurrido otras veces. Condujo con placer, casi deportivamente, como no hacía desde hace tiempo y no tardó más de veinte minutos en llegar. No se atrevió a llamar a su casa directamente y prefirió llamarla por teléfono, pero ella debía tener el teléfono apagado o estaba en plena conversación porque una y otra vez le saltaba el contestador. Tomó una cerveza en el bar de la esquina y decidió dar una vuelta para hacer tiempo por el centro del pueblo. No pasaron ni diez minutos cuando tuvo un amago de mareo y empezó a dudar de si no estaría de nuevo ante una crisis. Corrió apretando el paso hasta donde tenía aparcado el coche y una vez allí se sintió ligeramente aliviado. Fumó un cigarro y pensó que tal vez lo mejor era volverse nuevamente a casa. Esta vez condujo más despacio, mirando continuamente los retrovisores intentando no acercarse demasiado al vehículo de delante ni que se le acercara demasiado ningún vehículo por detrás. Por fin llegó al desvío de su pueblo y al poco ya estaba aparcando en el garaje de casa. Al llegar se puso el pijama azul, se sirvió una cerveza y tomó un prozalam. Encendió el televisor, había una retransmisión de fútbol y tumbado en el sofá con la botella de cerveza y el tabaco a mano se puso a verlo con desgana. No podía evitar pensar dónde podría haberse metido ella que no solía salir los domingos, tal vez debería haber llamado directamente a su casa en lugar de al móvil. Para cuando terminó el partido y comenzó el resumen de la jornada debía llevar consumido ya más de un litro de cerveza y se había tomado otro prozalam. De vez en cuando se asomaba a la ventana, el bar de enfrente y el discopub debían estar a tope porque la calle tenía bastantes coches aparcados en doble fila. Pensó mientras fumaba en el balcón cuánto tiempo llevaba en realidad teniendo aquellos pequeños ataques en la calle y se quedo un tanto frío cuando recordó que ya eran años y varios especialistas por los que había pasado. De repente empezaron a caer cuatro gotas, por fin llovía y eso le puso contento, le gustaba mucho la lluvia cuando ya no tenía que salir de casa y escuchar llover mientras estaba en la cama. Puso una película de acción y se sirvió otra cerveza. La noche parecía ponerse más hermosa que otras. Debían ser sobre las tres y pico de la mañana cuando se quedó dormido en el sofá con el televisor encendido. Se despertó sobresaltado un par de horas después. Le dolía la cabeza, como si tuviera una cinta apretada en exceso en la frente y un gran peso sobre la nuca. Se tomó un analgésico y otra de sus pastillas. Intentó dormir un rato pero no lo conseguía, otra vez la noria habitual de vuelta y vuelta a uno y otro lado de la cama. Ya de amanecida se dio nuevamente por vencido y decidió levantarse, fue entonces cuando le sonó el móvil. Era ella, “perdóname le dijo, es muy temprano, pero acabo de escuchar  tus mensajes, llego ahora de trabajar, he tenido guardia  pero hoy libro, si te apetece podemos pasar el día juntos”. Se afeitó rápidamente, se tomó otra de sus pastillas como solía hacer al salir de casa y se puso la misma ropa del día anterior. Cogió el coche para ir a buscarla, al llegar a la autovía tomó con decisión el carril izquierdo y encendió la radio para ir escuchando las noticias. Seguía lloviendo. Al cabo de dos horas era ella quien no paraba de llamar, pero la voz de la operadora repetía incesantemente: el teléfono de este usuario está apagado o fuera de cobertura. 

©AMS Cádiz




1 comentario:

  1. Muy triste, pero muy bueno. Le iria bien el tango "desencuentro". Me gusta mucho como escribis, pero eso ya te lo he dicho mil veces.
    Sandra

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