QUIMERAS Y DESAFÍOS



Nada soy, nada he sido y no puedo pretender ser nada... aparte de eso guardo en mí todos los sueños del mundo!! (F.Pessoa)

Cantante, guitarrista, autor de canciones, psicoterapeuta, funcionario en excedencia ahora que me acuerdo, estudiante universitario a mi edad y escritor aficionado noctámbulo, noctívago y nocherniego...
Todo lo que la vida me ha ido enseñando se puede resumir en dos palabras: sigue adelante!!

Besos y abrazos
Dorchy Muñoz



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domingo, 17 de marzo de 2013

"La última copa"



Mi zumito de naranja, cafelito con leche y "molletito" completo con aceite de oliva y tomate y de postre una "pechá" de churritos recién hechos. Ha llovido sobre el mar antes de que saliera el sol, pero a Ulises y a mí nos gusta escribir y mirarlo todo, cual buenos perros, desde el porche de la cafetería, Ariadna y Zambra se han quedado en casa: hoy hay rastrillo de cachibaches y libros viejos en el Popeye, junto a las Marismas y rabo de toro a la riojana en la Talola y paellita de marisco en la Niña del Jamón. Os dejo un texto de mi colección "Relatos Psicoscuros" por si tenéis tiempo y ganas de leerlo y disfrutar de su ¿happy end? a lo largo de este hermoso domingo que os deseo y me deseo. Besos y abrazos desde la Bahía de Cádiz. 



“La última copa”
(Relatos Psicoscuros III)

Cuando se despertó el maltratador seguía allí. Ocupando en diagonal casi toda la cama, alardeando de bruxismo y sonoros ronquidos ya con los puños apretados y los brazos y las piernas tensos para defenderse de los malos sueños. Ella aprovechó para levantarse sigilosamente y sin ducharse siquiera cogió el bolso y salió a la calle. Camino de la farmacia y recordando el artículo que había leído en Wikipedia por fin se decidió. Compró los antihistamínicos habituales y le pidió a la farmacéutica una caja de anfetaminas prestada, prometiéndole llevarle la receta esa misma semana.

  • Es para mi marido, Elena, ya sabes no acaba de salir de su depresión, se pasa casi todo el día en la cama, abatido y sin ánimo alguno.
  • No te preocupes mujer, pronto se recuperará, pero no te olvides de traerme la receta.

Al llegar a casa se lo encontró con su habitual albornoz rojo sentado en el salón.

  • ¿Se puede saber de dónde cojones vienes tan temprano?
  • Cariño, no te enfades por favor, vi que sólo te quedaban dos pastillas para tu alergia y he ido a comprártelas a la farmacia.
  • Gracias, pero ahora lo que realmente necesito es un buen trago, tengo una resaca de órdago a la grande.
  • Pues mira, dijo ella, hoy me siento contenta y me apetece tomar una copita contigo.
  • Está bien te lo agradezco, dijo él, pero no te pases nena que a ti el alcohol te sienta fatal.

Se acercó al mueble bar y sacó una botella de ron negro dominicano gran reserva. Le paso un paño de cocina por encima para quitarle el polvo y se acercó al salón. El estaba medio tumbado en el sofá con el albornoz abierto mostrando su sexo fláccido y sus genitales encogidos.

  • Tápate cariño, que vas a coger frío, le dijo ella.
  • ¿Me has puesto la copa o qué? No tengo frío es más ya estoy harto de este puto verano.
  • ¿Te pongo hielo? Yo solo tomaré uno o dos chupitos, dijo ella.
  • Claro joder, ponme hielo, con esa puta mierda de whisky que me compras.
  • No mi amor, hoy te tengo una sorpresa: he sacado el ron gran reserva que te regalé en tu aniversario, creo que es un buen día para abrirla por fin.
  • Vaya, qué generosa te estás volviendo ostias ¿Qué carajo se celebra hoy?
  • Se celebra la vida, la paz, el amor, la libertad y tantas otras cosas cariño...
  • Anda déjate de cursilerías y gilipolleces y tráeme una copa grande sin hielo. Y un purito de esos pequeños que he dejado por ahí.

Ya en la cocina preparo un generosa copa de ron negro para él y un chupito para ella. La wikipedia decía que 700mg de anfetaminas eran una dosis tóxica letal. Pero ella no quería que se le muriera allí en su propia casa, ni sabía cómo echar todas las pastillas. Mejor las iría dosificando a sabiendas de que una vez tomara la primera copa, no pararía de beber en todo el día. Sacó diez pastillas de 50mg y cinco pastillas del antihistamínico: una copa de ron negro, dos dosis de anfetaminas y una de antialérgico. El coctail estaba preparado, ya sólo era cuestión de esperar y seguirle la corriente.

  • Toma mi amor, dijo ella, te encantará yo ya le he dado un sorbo y está buenísimo.
  • Le dio un generoso trago y asintió con la cabeza: joder si que está bueno sí. Tráeme el tabaco anda.
  • Voy, dijo ella, tu descansa. Tengo la casa y la comida hechas quiero estar a tu lado.
  • Déjate de bobadas y tráeme los puritos y el mechero corre.

Cuando regresó al salón él ya se habá bebido la copa entera, estaba sentado en el sofá en actitud pensativa y cabizbaja y parecía que sus manos habían dejado de temblar. Se encendió un cigarro que fumó con ansiedad. Ponme otra copa de esas y prepárame el baño a ver si me despejo y me pongo ropa limpia. Enseguida vuelvo le dijo ella. Le dio la copa le preparó un baño con sales y le dejó la ropa preparada encima de la cama a medio hacer. Aprovechó ese momento para ir a comprar pan, tenía que dejarse ver con toda normalidad por el barrio. Pronto terminaría todo por fin.

  • Y ahora de dónde pollas vienes, en cuanto te dejo un rato sola te vas ¿qué pasa que te gusta que te miren? Llevas un vestido que se te trasparenta todo o crees que no me he dado cuenta.
  • Cariño no te enfades, me he acercado a por el pan y a comprarte cigarros, te quedaban pocos, y me ha dado pereza cambiarme para salir sólo un momento.
  • No pasa nada, ponme una copita y vamos a la terraza, hoy no tengo ganas de hacer nada aunque ya me encuentro algo mejor.
  • Disfruta del día, le dijo ella, estás de baja, podemos hacer lo que queramos, somos libres.

El silencio presidía la velada. Ambos con la vista perdida en algún lugar de aquél monstruo arquitectónico, aquél enorme bloque de apartamentos que les robó el sol y las vistas de su hermoso adosado que ya estaban a punto de terminar de pagar. Pronto sería su casa por fin.

  • He preparado canelones, sé que te gustan, quieres desayunar algo antes.
  • No, no, déjalo, tengo el estómago un poco revuelto y comer me daría nauseas.
  • Tal vez no deberías tomar más copas, le dijo ella, con toda intención.
  • No digas tonterías, sabes de sobra que el alcohol no me afecta, es más me está animando me siento más despejado, al levantarme estaba hecho una puta mierda.
  • Yo te acompaño si quieres, pero a poquitos, que me sienta mal, le dijo ella.
  • Eso está hecho nena tráete otra y fúmate un cigarro de los míos aquí conmigo.

Ya era la cuarta copa, si todo era como había leído ya empezarían a ser evidentes los síntomas: agitación psicomotriz, midriasis, sobrestimulación simpática, hipertermia y otras cuyo significado había estado estudiando minuciosamente en internet durante toda la semana. Le llevó la copa y fumó con él bebiendo a sorbitos. Pero no fumó. Pasados unos minutos él le dijo, para su sorpresa, “tráeme la tijeras de podar, quiero cortar uno a uno todos esos putos matojos, sólo mirarlos me pone de los nervios”. No sin cierto recelo le sacó las tijeras del armario trastero, y recordó en una vertiginosa sucesión de fotogramas de su memoria, todas y cada una de las veces que él la había amenazado con estas tijeras de podar en la mano o con el martillo. Tembló por momentos y dudó, pero pensó que ya que estaba decidido y en marcha y debía mantenerse firme y no dar ni un paso atrás.

-Toma, pero ten cuidado le dijo ella, ayer bebiste y hoy estás bebiendo y no quiero que te hagas daño, ve despacio tenemos todo el día.
-Te he dicho que no te preocupes, el ron me pone a tono y más éste que está de lujo.

Se remangó la camisa y la remetió bien en los pantalones vaqueros, parecía un granjero de Alabama de esos de las películas de algunos domingos por la tarde. ¡Cuántas tardes de domingo a solas se había pasado ella en estos largos quince años, mientras él bebía una cerveza tras otra viendo la tele y fumaba un cigarro tras otro tragándose todos y cada uno de los resúmenes de los partidos de fútbol! ¿Qué había sido de aquél hombre que conoció en la facultad de Filosofía y Letras? Dónde había quedado aquel muchacho con el pelo negro y ensortijado que soñaba con un mundo mejor, que leía a Freud, a Kafka, a Marx, a Sartre, y hasta a Bakunin y tantos otros y que no se perdía ni un sólo concierto de Paco Ibáñez. Su vinilo del directo en el Olimpia de París era su fetiche musical preferido. Pero como sus sueños, como los sueños de ella, acabo hecho añicos una noche aciaga de alcohol y anfetaminas en que él venía de un concierto en el Rockola. La Movida madrileña de los ochenta al parecer cambió el rumbo de sus vidas y los distanció para siempre. El convertido en un habitual de la noche, gastando en alcohol y drogas más de lo que tenía a costa de sus papis y ella hecha toda una maruja licenciada en Filosofía. Hasta el día de la boda fue triste, él llegó a la habitación del hotel pasadas las cuatro de la mañana y pasado de quién sabe cuantos venenos, con los ojos como platos, pero mediocayéndose al tiempo. Durmió como un cerdo hasta casi mediodía, que los despertaron sus primos con expresiones como “venga ostias dejar ya de follar que ya es mediodía”, “levantaros coño vamos a tomar algo a vuestra salud ya tendréis tiempo en la luna de miel”, y el teléfono de la habitación sin dejar de sonar, atendiendo ella y agradeciendo todas las felicitaciones de amigos y familiares. Debía haber aceptado la beca para doctorarse en la Sorbona como le ofrecieron los catedráticos de la Universidad, pero pudo más el corazón que la razón y pese a todos los peses, ella se sentía profundamente enamorada y convencida de que tras ya dos años de convivencia, aquello no era sino una crisis pasajera. Pero eso hoy ya da igual, hoy por fin se arreglará todo.

  • Tráeme otra copa le gritó él desde el jardín, pero échale hielo, estoy ardiendo y sudando a mares.
  • Termino la habitación y voy para allá, le dijo ella, ten paciencia.

Cuando le vio estaba empapado en sudor, el pelo revuelto, la camisa desabotonada, los ojos como un búho en plena noche y la mandíbula batiendo como si hiciera un frío glaciar. Parecía un tigre o un león encerrado en una jaula y se tomó la copa de un sólo trago.

  • Ya termino, dijo él, esto ha sido coser y cantar, qué ganas tenía de arrancar esos ramajes.
  • Ha quedado muy bien, le dijo ella, ahora saldremos más a la terraza, si quieres comemos hoy aquí. Por cierto, no tardo, voy a meter los canelones en el horno.

Se fue a la cocina encendió el horno y preparó más pastillas, se arriesgaría, le dejaría beber a placer sin reprocharle nada, porque eso podría encenderle y ponerle violento nuevamente, ya llevaba días sin pegarla, aunque la gritara de vez en cuanto. Pero se metió las tijeras de podar en el bolsillo de la bata que se había puesto para cocinar. No acababa de confiar plenamente en su plan.

  • Ya estoy aquí, toma mi amor te he traído una cervecita fresca para ti y otra para mí, estás sudando mucho y tendrás sed y así yo voy haciendo cuerpo para comer.
  • La necesito, voy a asearme al baño y ponerme otra camisa, me siento un poco mareado.
  • ¿Te duele la cabeza' ¿Quieres un paracetamol o una aspirina? Te irá bien.
  • No, no déjalo, dijo él, se me pasará, no me gusta tomar pastillas.
  • Voy a ir poniendo la mesa, dijo ella, los canelones no tardarán mucho y tú necesitas comer algo urgentemente, he preparado una buena ensalada también y compré ese pan rústico que tanto te gusta.
  • No sé si podré comer, dijo él, pero lo intentaré, hoy es un día muy feliz, parece que estamos celebrando algo, con nuestras copitas y el buen rollo, como antes, hasta me fumaría un canuto si tuviéramos. Pero no, no voy a salir, tráeme otra cerveza anda.

Sentados ya para comer, ella le sirvió un generoso plato y se sirvió el suyo. O estaba muy borracho ya o algo raro le estaba pasando. Hablaba a trompicones, como a cámara lenta, y se quedaba absorto mirando el plato mientras cortaba los canelones tenedor y cuchillo en mano, apenas atinaba a pinchar el tomate de la ensalada, por lo que le puso una ración en el propio plato. Ella comía lentamente sin dejar de observarle, hacía mucho calor, debían ser sobre las tres de la tarde.


  • Llévate esta puta cerveza de aquí me pone malo la cerveza cuando se calienta. Podías abrir la botella de Ribera del Duero esa tan cara que me regaló por Navidades el cabrón de mi jefe.
  • Pero cariño tú no deberías beber, no te encuentras bien.
  • Tú trae el vino y cállate la boca que ya sé yo cuando tengo que parar.

El miedo se apoderó nuevamente de ella, pero le seguiría la corriente, si se ponía violento, saldría de la casa y pediría ayuda, llevaba las llaves y el móvil en el otro bolsillo de la bata. El cogió la botella de vino y ella trajo dos copas de las que guardaba en el mueble bar, él a duras penas se hizo con el sacacorchos y consiguió abrir el vino. Sirvió la copa de ella, luego la suya, y como en un arranque de lucidez dijo:

  • Brindo por ti y por mí y porque hoy es hoy.
  • Gracias cariño, brindo por ti y por nosotros ¿sabes qué día es hoy?
  • No tengo ni puta idea dijo el saboreando el vino.
  • Hoy es 18 de julio, el aniversario de nuestra boda.
  • No jodas dijo él. Y por qué no me lo dijiste ayer, te hubiera comprado un ramo de flores, últimamente no me acuerdo de las cosas, estoy despistado con las putas pastillas esas que me manda el médico loco ése.
  • No tiene importancia, le dijo, lo importante es que estamos aquí, juntos.

Debían haber pasado unos veinte minutos o media hora durante la comida, casi en silencio, hablaron de la posibilidad de pintar la casa juntos ahora que él estaba de baja laboral y decorarla con otro estilo. El parecía estar de acuerdo en todo. Ella bebió copa y media de vino, pero la botella estaba ya a punto de terminarse, los platos de comida eran un revuelto de canelones rotos. Se puso a quitar la mesa, él se encendió un cigarro y le pidió una copita de ron con hielo y que hiciera café. Metió los platos en el lavavajillas, preparó una nueva dosis y sirvió el café, su copa y un chupito para ella. Al poco él le preguntó que qué día era hoy y ella le recordó la fecha. Parecía desorientado y confundido como nunca le había visto. Lejos de agitarle, las anfetaminas parecían estar haciendo el efecto contrario desde que terminó de arreglar el jardín. Le veía abatido, sin fuerzas, y por unos momentos dejó de tener miedo, nada podría hacerle en ese estado. O al menos así lo creía, pero no terminaba de fiarse. Palpó las tijeras en el bolsillo. El se levantó para ir a mear, y al salir a la terraza tropezó accidentalmente en los escalones y cayó a plomo sobre las baldosas cerámicas. Ella se levantó inmediatamente y le puso boca arriba, tenía un fuerte golpe en la frente y en la barbilla, no sangraba, pero parecía empezar a hincharse.
  • Cariño, ven abrazate, deja que te levante, cómo has podido caerte de esa manera.
  • No me levantes estoy bien aquí, me da vueltas todo en la cabeza hasta tú parece que vas y vienes.
  • Estás mal, debo llamar a un médico.
  • No llames a nadie, estoy bien, en un ratito se me pasa, no debería haber mezclado ron, cerveza y vino, pero hoy es hoy.
  • Y qué día es hoy mi amor.
  • Pues no sé, uno cualquiera, son todos iguales.

Ya no le cabía duda de que había entrado en otro estado, llamó a las urgencias del 061, le colocó un cojín en la cabeza y le dejo de medio lado a la salida de la terraza. Fue entonces cuando su cabeza empezó a funcionar con claridad, ese era el momento esperado y adecuado. Estrategia y táctica, la función acababa de comenzar. Se quitó la bata y buscó un viejo mono azul de trabajo de cuando él trabajó en la fábrica. Se lo puso y guardó las tijeras y las llaves y el móvil en sendos bolsillos. Las urgencias no tardarían mucho en llegar y ella les esperaría de esa guisa en la terraza. De vez en cuando le miraba y le tocaba la frente, debía tener fiebre pero no estaba dormido, parecía intentar hablarla sin conseguirlo. Retiró los vasos aun a medio beber, tiró el contenido del suyo al fregadero y metió el vaso en el lavavajillas y dejó el de él en la mesa del salón. Encendió la televisión en el canal de noticias. Fue entonces cuando llamaron insistentemente a la puerta, ella se recompuso, tragó saliva y abrió con las tijeras dispuestas de manera que fueran visibles a primera vista.

  • Buenas tardes señora, déjenos pasar cuanto antes somos el equipo de emergencias, dígame donde está el enfermo.
  • Venga conmigo, está ahí tirado a la salida de la terraza, se ha caído y no ha querido moverse y yo no he sido capaz de levantarle. Es mi marido.
  • ¿Cómo ha sucedido todo?
  • Yo estaba podando los ramajes del jardín, acabábamos de comer y él se sirvió una copa, se sentó en el sofá y encendió el televisor. Al cabo de un rato salió a decirme algo a la terraza y tropezó en los escalones, tiene golpes en la frente y en la cara si se fija.
  • Sí señora, ya lo veo, ahora déjenos a solas con él, por favor.
  • De acuerdo ¿necesitan algo? Sólo que nos diga que enfermedades padece o ha padecido.
  • Pues verá no ha tenido nunca nada grave, es alérgico a algunas plantas por eso podo yo el jardín y desde hace dos meses está de baja médica.
  • ¿Qué tiene para llevar dos meses de baja?
  • Verá doctor, no anda muy bien de ánimo es una baja psiquiátrica.
  • ¿Puede traerme el diagnóstico y la medicación que toma?
  • No hace falta, se lo digo yo, en el diagnóstico pone “depresión endógena” y le han recetado antidepresivos pero no los toma, sólo toma sus pastillas para la alergia.
  • Gracias. eso es todo por ahora, vamos a examinarle. Le aconsejaría que se cambiara de ropa y se preparara, muy probablemente debemos llevárnoslo al hospital.

Se quitó el mono de trabajo, las bragas y el sostén que dejó medio tirados junto al armario. Dejó las tijeras en el cajón de la mesilla y las llaves y el móvil cargándose sobre ella. Estaba desnuda, cerro la puerta de su cuarto y se metió en la ducha del baño de la habitación. No se lavó el pelo por no perder tiempo en secarlo, su melena era morena y larga, le llevaría un buen rato, del que no disponía, con el secador. Dejó caer el agua tibia sobre su espalda y luego sobre sus pechos. Se le pusieron erectos los pezones y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Aquello era surrealista, superaba con creces a cualquier película de Fellini: su marido tirado en la terraza, el equipo de urgencias al completo en el salón por si hace falta una RCP y ella sin poder evitar masturbarse por la tensión acumulada, mientras la ducha le mojaba el pubis. Llevaba años haciéndolo así, a escondidas, con el pretexto de que le gustaba ducharse antes de dormir y más si habían hecho el amor: no recordaba el día en que por última vez follando con él había tenido un orgasmo. Su vida sexual se había reducido a su encuentro diario con la ducha y alguna que otra caliente conversación de messenger cuando su marido estaba trabajando. Toda una licenciada en filosofía y en lo que me he convertido se decía muy a menudo. Era una luchadora, una sobreviviente, pero aquello tarde o temprano se le escaparía de las manos y llevaba todas las de perder. ¡Quiero vivir, quiero vivir,! se decía a sí misma misma muchas veces al día, como un mantra, para superar el desamparo y el miedo. Hoy era su aniversario de boda y su marido pronto estaría en el hospital, al menos, se dijo, descansaré unos días a solas y veré que puñetas puedo hacer con mi vida, él no me dejará marchar.
Dudó desnuda con las puertas del armario abiertas entre un conjunto negro de ropa interior, bragas y sujetador a juego y traje de falda y chaqueta gris o ropa interior deportiva, unos tenis, una camiseta, y unos vaqueros. A final optó por la primera opción, puestos a representar un papel, debería hacerlo hasta el final con todos sus detalles y consecuencias. Estaba maquillándose un poco y sombreando con lapiz negro sus ojos cuando tras la puerta un auxiliar le gritaba que se diera prisa que había que llevar urgentemente a su marido al hospital.

  • No olvide coger la cartilla de la Seguridad de su marido señora.
  • Ya salgo ya estoy lista.
  • No tarde por favor, acaba de llegar la ambulancia.
  • Estoy ya mismo con ustedes.

Comprobó el bolso, las llaves, el móvil, la cartera y las tarjetas de crédito, cogió cincuenta euros del cajón de la mesilla y la cartera de su marido. La abrió casi sin pensarlo y palideció al ver que llevaba en el ella preservativos, ellos nunca los usaban, tenían incompatibilidad recíproca para procrear.

Cuando salió ya todo el personal sanitario estaba fuera, algunos vecinos se asomaban con curiosidad desde la ventana y ella, con zapato de tacón mantuvo un paso firme y decidido hasta el asiento delantero de la ambulancia. Un médico viajaba sentado junto a la camilla en la que estaba su marido en la parte de atrás.

  • ¿Qué sucede doctor, puede decirme algo? Estoy asustada.
  • Mire relájese, creo que hemos llegado a tiempo, su marido parece haber sufrido un AIT.
  • Un qué, no entiendo nada de medicina.
  • Un ataque isquémico transitorio o para que me entienda:durante un lapsus de tiempo aún por valorar su cerebro no ha recibido oxígeno, por eso está desorientado, no recuerda ni el nombre de usted, ni el día que es hoy y apenas puede hablar ni andar.
  • ¿Y eso es muy grave doctor?
  • Señora, no se lo tome a mal, pero esto es un prediagnóstico, no puedo decirle nada más hasta que se le hagan las pruebas oportunas, puede ser sólo un susto, pero puede ser algo más grave, le ruego que se tranquilice con ponerse nerviosa no conseguirá nada y empeorará las cosas, su marido a partir de ahora va a depender mucho de su ayuda.

Quedó en silencio todo el camino hasta el hospital, metieron a su marido en una sala alejada de la entrada de urgencias y le pidieron su número de teléfono para llamarla en cuanto tuvieran las pruebas. Salió del hospital, no le gustaba el café de máquina y en el primer bar que encontró, pidió un café doble solo con hielo y un chupito de orujo. Tomó uno de sus tranquilizantes, que tomaba a escondidas y que le había recetado el médico para situaciones estresantes o insomnio. Llevaba casi un año sin fumar, pero no pudo resistirse al craving repentino que le produjo ver a un señor que parecía médico, sacar de la máquina un paquete de Camel y encenderse un cigarrillo. Pidió que la cobraran excusándose por no tener cambio. Compró Malboro, que era su marca de toda la vida y encendió ritualmente un cigarrillo. Se sintió aliviada y feliz por un breve instante, ajena al motivo por el que se encontraba allí, la entrada y salida del humo y ese sabor mediolvidado del tabaco junto con el café y el orujo. Terminó este primer cigarrillo y fue al baño, meó, se secó con un kleenex y se quedo largo rato mirándose al espejo: no se veía mal del todo, ya no tenía restos de moretones ni grandes ojeras como venía siendo habitual. Se quitó la goma del pelo recogido en una coleta y se lo soltó para observarse. Al final decidió seguir manteniendo las formas y recogérselo de nuevo. Apuró el café y el chupito y salió del bar, le apetecía beber más pero no lo haría en el mismo bar, no quería dar mala imagen. Comprobaba nerviosamente el móvil constantemente y se metió en el primer bar que encontró, sin alejarse demasiado de la entrada de urgencias del hospital. Pidió lo mismo prometiéndose a sí misma que no bebería más ni tomaría más café o todo su guión se vendría abajo. Encendió un cigarrillo, mientras miraba distraídamente el documental de la televisión del bar recibió una llamada comunicándole que pasara cuanto antes por las urgencias del hospital.
Apuró de un trago el café luego el chupito y aplastó el cigarro en el cenicero. El neurólogo de guardia le explicó sin muchos detalles la situación. Su marido había sufrido un Ictus, de manera que hasta pasados unos días no se podía hacer una valoración de sus posibilidades de recuperación y en qué estado quedaría tras ella. “Está controlado y ya está en planta hasta que tengamos los resultados de todos los análisis, puede verle si lo desea pero no más de dos minutos, le encontrará completamente desorientado, como si no estuviera en este mundo y no supiera quien es”, le dijo con crudeza el médico. Pasó a verle le beso en la mejilla y le preguntó sobre su estado.

  • Qué sucede cariño, donde estoy, qué son todos estos aparatos a mi alrededor, dijo a duras penas en intermitente e inconexo discurso.
  • No es nada, te pondrás bien: por fin podremos descansar, tu estás bien aquí ahora y yo ahora debo volverme a casa según me ha dicho el médico.

Le beso en la mejilla y se despidió. El ni se enteró de que ella se iba. Tomó un taxi y de camino compró cigarrillos, una botella de vino del Penedés y una tarta helada de chocolate y nata.
Soltó el bolso sobre el sofá, se dirigió a la habitación, se desvistió guardando cuidadosamente el traje de chaqueta, apenas lo usaba desde que él la obligó a dejar de trabajar. Desnuda ante el espejo encendió un cigarrillo y lo fumó echando el humo sobre el espejo y deshaciendo bocanadas con los dedos. Se sintió sucia, llenó la bañera y se lavó cuidadosamente el pelo, con su acondicionador habitual que usaba las pocas veces que salían a algún sitio. Un incierto desasosiego la invadía pero al tiempo también un halo de paz, una extraña sensación de descanso. Se desenredó la melena lentamente con un cepillo, dejándose arrullar por el agua tibia y la espuma del gel. Ya podía separarlo sólo con los dedos, se acarició la nuca y las sienes, bajó lentamente con sus manos acariciando sus mejillas, sus labios, su cuello, sintiéndose lentamente, tomo en sus manos sus pechos y apretó con los dedos sus pezones como si de los labios de un amante imaginario se tratara. Recorrió su cintura y sus caderas, hasta llegar a su pubis, rasurado en contra de su gusto por darle el gusto a su marido y al llegar a su sexo, comprobando con sorpresa que estaba más húmedo que el propio agua de la bañera, echó la cabeza hacia atrás y en suaves idas y venidas por sus más íntimas veredas estalló de placer, conteniendo el grito, desdoblada entre la sensación y el pensamiento, entregada a sí mima, en suma. Encendió un cigarrillo, una vieja costumbre de sus años de fumadora y antes de terminarlo lo apago ahogándolo en el agua que empezaba a quedarse fría. Se vistió con la ropa deportiva que había descartado anteriormente, miró la programación de televisión y buscó en la librería algún libro de los que comprara en el ultimo pedido a la FNAC, y que no había tenido ánimo de mirar siquiera. “La soledad era esto” de Juan José Millás y “Nada te turbe” de Susana Pérez Alonso fueron las elecciones que se llevó a la mesa del salón. Debían ser sobre las 20.30, era sábado y hacía tiempo que no veía tranquilamente Informe Semanal. Decidió no cocinar ni calentar los canelones para cenar, los dejaría para el día siguiente, seguramente deberia ir temprano al hospital, cogió la agenda y pidió comida china a domicilio. Se abrió la botella de vino que había comprado y se sirvió una moderada copa. Ya fumaba como si nunca lo hubiera dejado. Atendió al repartidor del restaurante, le dejó algo de propina, se preparó todo en su propia vajilla, nunca le gustó la costumbre de su marido de comer en los propios recipientes. Se sirvió más vino y fumó otro cigarrillo porque aunque lo intentó le fue imposible comenzar a comer estaba todo ardiendo todavía, recién hecho sin duda, el restaurante estaba tan solo a dos manzanas fue solo por pereza que no fuera personalmente a comprar. Degustó un poco de esto un poco de aquello acompañado de arroz, pan chino y salsa picante mientras veía las noticias del día: el mundo, no cabía duda se estaba volviendo definitivamente loco, pensó. Terminó de cenar, estaba llena y le sobró un montón de comida, tras recoger la mesa y guardar todo en el frigorífico se arrumbó plácidamente en el sofá, ora vino, ora cigarrito hasta que una llamada en medio de un interesante reportaje la sobresaltó Corrió a sacar el móvil del bolso, era del hospital.

  • Lamento molestarla señora pero debo hacerle una pregunta soy el neurólogo que atiende a su marido. Nos gustaría saber y no se alarme por favor si su marido consume anfetaminas habitualmente.
  • Ella, se metió inmediatamente en el papel nuevamente, no podía arriesgarse a la más mínima sospecha. Suele beber bastante y a veces ha esnifado cocaína por la mañana si ha salido con sus amigos la noche anterior. Las anfetaminas se las recetó su psiquiatra para que pudiera ir a trabajar cuando se encontraba muy bajo de moral.
  • Señora, le seré franco, su marido sufre una intoxicación múltiple por ingesta de alcohol, antihistamínicos y anfetaminas, en ese estado no podemos tratarlo como quisiéramos se dan diferentes reacciones agonistas y antagonistas y tolerancias cruzadas pero no quiero confundirla con términos médicos.
  • No se preocupe le entiendo, hasta que no se le pasen los efectos no pueden iniciar el tratamiento ¿no es cierto?
  • Así es señora y a ello hay que sumarle que hemos tenido que medicarle con sedativos.
  • ¿Está bien entonces? ¿Está despierto?
  • No señora no lo está le hemos sedado como acabo de decirle. No la molesto más ya sabe que mañana a las once comienzan las visitas, pase a verme en mi despacho.
  • Gracias por todo doctor, hasta mañana entonces.

Se quedó absorta y empezó a moverse de manera mecánica, semiautomática, lo creía y no lo creía al tiempo, cortó un trozo de la tarta y no se hizo ni un café ni un té siquiera, siguió con el vino mirando al televisor pero sin enterarse de nada. Y así fueron pasando las horas hasta que sobre las tres de la mañana viendo una película de madrugada, medió dormida en el sofá se despertó de un sobresalto. Aprovechó para cepillarse los dientes, desnudarse, poner el despertador y meterse en la cama.
Cuando se despertó, el maltratador no estaba allí, desnuda al borde de la cama decidió continuar con el guión y mantenerse firme. Se echó por encima un albornoz, se dirigió a la cocina calentó un café en el microondas y encendió un cigarrillo. Tenía tiempo para vestirse tranquilamente y llegar a tiempo al hospital. Llamó a un taxi para que la recogiera en la puerta no sentía con ánimo de conducir. Sólo se cambió la blusa y el conjunto de ropa interior. Ya en el despacho del médico este le dio la fatal noticia: el marido había entrado en coma sine die sobre las siete de la mañana.

  • ¿Puedo verle? Preguntó.
  • Si, si puede, pero no espere respuesta alguna, no hay médico en el mundo alguno que pueda pronosticar cuando despertará si es que llega a hacerlo y en qué estado.
  • Comprendo, dijo ella.

Ya junto a la cama, le habían aislado en una habitación, pidió quedarse a solas con él. Y le habló, le habló al oído, intentando llegar a lo más profundo de su inconsciente y de su alma.

- No hace falta que contestes, no por ahora le dijo, pero no te preocupes todo está bien, ya podemos descansar los dos, como te dije ayer tu estás mejor aquí y yo me voy a casa.

Han pasado ya dos años de todo esto y ella me pidió el año pasado que escribiera este relato que guardó celosamente en un cajón con sobre lacrado. Hoy es 18 de julio y me ha pedido que abra el cajón y el sobre para ustedes. Su marido lleva unos ocho meses enterrado. Ella leerá su tesis al inicio del año universitario: un estudio sobre el amor que no por casualidad se titula como en principio ella quería titular este relato: “El amor, un error de cálculo”. Ahora lleva el pelo corto estilo garçon, ya no se maquilla ni viste trajes de chaqueta, imparte clases de filosofía en un centro privado y vendió su casa. A principios de año viajaremos a Nepal, ambos lo teníamos entre nuestros planes, también queremos ir a la India y a Petra y las islas griegas. Pero no tenemos prisa alguna.
Voy a preparar café, estamos en mi casa y ella duerme a mi lado. No tenemos planes definidos, no tenemos proyectos concretos, solo el deseo franco y sincero de estar juntos, y la certeza de amarnos profunda y carnalmente a corazón abierto y sin reticencia alguna. Ella me ha pedido que deje mi trabajo un tiempo para poder terminar mi novela. Ahora yo me ocupo de la casa y de que todo esté siempre a su gusto y al mío: esta vez al menos, procuraremos no errar en las cuentas... FIN

© AMS Cádiz



martes, 18 de diciembre de 2012

"Resfriado cotidiano"





Ojalá algún día todos y todas podamos disfrutar de esta libertad que sin saber muy bien el porqué me he conseguido: mientras yo puedo entregarme al estudio y la curación, mediotirado en la cama, ustedes amigos y amigas deben encarar con entereza un nuevo día y sus tribulaciones mientras al tiempo niños y no tan niños mueren a díario en cualquier lugar del mundo desamparados de los poderes públicos; mi bienestar es agridulce, este paracetamol no cura las lágrimas,  mi actitud  es y será siempre una constante repulsa a los poderes públicos. Pasen un buen día pese a todo, !! 
Amador Muñoz

“Resfriado cotidiano”

Se despertó sobre las cinco de la mañana y se puso a meditar unos diez minutos al borde de la cama como era su costumbre. Le gustaba empezar los días a bajas revoluciones y frecuencias cerebrales bajas, pero sin llegar a un nuevo estado Alfa. Pasó por el baño a negociar algunos asuntos pendientes con su propio cuerpo. Mientras brotaba el reciéncafé reciénhirviendo de la cafetera se asomó por la ventana y comprobó que aún seguía lloviendo. Estornudó dos o tres veces lo que le hizo tocarse la frente con la palma de la mano para comprobar si tenía fiebre. El día se presentaba con credenciales de lluvioso diciembre loco. Se puso el cafe, con un terroncito de azúcar moreno y un poco de leche. No cabía ninguna duda de que no se encontraba bien del todo. Agarró el portátil, los teléfonos, un cuaderno, un bolígrafo y el libro de texto y volvió a su dormitorio. Ya en la cama se dejó envolver de nuevo por la calidez del edredón que le tapaba hasta el pecho. Encendió el ordenador y abrió el procesador de texto. Sentía un rubor caliente en las mejillas, tenía algo inflamada la garganta y seguía estornunado. Retocó su último artículo y lo guardó para más tarde. Decidió no fumar nada en toda la mañana. Seguía lloviendo afuera y él tenía algo de frío. Decidió que enviaría de momento sólo los correos urgentes, los más necesarios. Pero si abriría la página de los foros de literatura. El café se había enfriado y el paracetamol no parecía estar aún surtiendo efecto. Decidió no pelear más contra lo evidente de su sintomatología. Se recostó sobre la almohada y cerró los ojos un instante: olía a sábanas limpias su escritorio improvisado: tan cerquita del mar y tan lejitos de su gente, de su amor y hasta de mí mismo. 

© AMS Cádiz

Recuerdo que en mis años de militancia sindical en la CGT me hicieron una sonada entonces entrevista radiofónica. Preguntado a título personal por cuáles eran a mi juicio mis experiencias más excéntricas no dudé en decir que "hacer la comunión" y "cumplir el servicio militar" pueden imaginar el suceso teniendo en cuenta que estaba en la COPE y ese día tenía cita con la comisión parlamentaria de investigación de mi empresa. Al matrimonio no llegué, sigo siendo un soltero de otro , me lo impidieron diversos ataques de tos. Feliz día amigos y amigas: se me pierden los bolígrafos entre el edredón. Sigo tosiendo. Amador



martes, 13 de noviembre de 2012

"Somniloquio"




“Somniloquio”
Debían ser sobre las cinco de la madrugada, lógicamente no podía recordarlo por más que se esforzara. A esas horas su ciclo del sueño debía estar bajo el influjo de las ondas delta y es posible que estuviera próximo a la zona REM. Como dormía solo, no podía permitirse hablar en alto: ni en sueños se permitiría autoenjuiciarse como uno loco. Había cogido su libro de notas, que siempre se llevaba junto a la mesilla y se había puesto a escribir: puestos a aceptar su parasomnia era mejor hacerlo con cierta dignidad. Supo de todo ello por lo que encontró escrito a la mañana siguiente:
No puede ser que a mí me esté pasando esto, otra vez no, por favor, en el amor se sufre mucho y casi me había prometido a mí mismo que nunca más sucedería, no se si quiero tener ya este tipo de sentimientos, porque hay hasta quien dice que me desestabilizan emocionalmente. Pero yo sé que no es así, cierto es que tengo un tanto removidos los sentires, pero me encuentro bien, tengo energía y me siento lúcido a todas horas, estoy ilusionado, más que insomnio lo mío parece ser una extraña adicción a la vigilia. Nunca veo la hora de irme a dormir y cuando lo hago, ya ves, como ahora, apenas dos horitas de sueño y mediodormido o mediosonámbulo, que ya no lo sé, escribiendo en el cuaderno como quien habla consigo mismo.
Qué va a ser de ti cabezaloca, tu sabes de sobra que el amor es un estado de locura transitoria, y que aún no existe tratamiento psicológico eficaz ni analgésicos para aliviar sus síntomas. Qué va a ser de ti corazón loco, si apenas la conoces, no has hablado con ella sino dos o tres veces y sabes muy poquito de su vida...
Estaba leyendo esto cuando se despertó sobresaltado, pegó un brinco de la cama y un tanto desorientado fue maquinalmente hasta el baño. Fue mientras meaba, que por fin entendió que había tenido un sueño dentro de su propio sueño, que había soñado que soñaba y le dio por pensar, que por mucho que estudiara, nunca llegaría a comprender los extraños secretos de la mente. Esto era ya lo último que le faltaba, soñar un sueño dentro de otro sueño, soñar, en suma, que soñaba.
Calentó un té en el microondas y le echó un terroncito de azúcar moreno y una nubecita de leche. Encendió un cigarrillo y miró por la ventana. Llovía un poco y la luz de la farola iluminaba las gotas de lluvia sobre las hojas de las plantas y de ese árbol que hay frente a su casa. Miró el reloj, eran casi las seis. Buena hora, pensó, para encender la radio y sentarse ante el ordenador a ver si me ocurre algo, algún poema, algún relato. Uno no siempre es dueño de sus días y este de hoy, parecía pedir a gritos ser vivido desde bien temprano.
¡Qué curiosos son los sueños, te llevan por donde ellos quieren, por más que uno se empeñe en apagarlos!

© AMS Cádiz


viernes, 19 de octubre de 2012

“La muerte no se acuerda de los besos”




Nadie es tan viejo que no pueda vivir un día más ni tan joven para no poder morir al día siguiente!! (La Celestina, Fernando de Rojas)

“La muerte no se acuerda de los besos”

Tal vez todo aquello no fuera lo que realmente merecía, pero no cabía ya ninguna duda de que era lo que finalmente había encontrado. Los días se sucedían como atropelladas hojas de calendario cuando no como ajadas y previsibles hojas de otoño. En plena primavera ya, este abril preñado de luz se le antojaba a Manuel no más que la antesala del temido e inminente verano. Es posible que todavía hubiera soluciones, pero él se sentía incapaz de encontrarlas, lo mirara por donde lo mirara.
La preocupación constante le robaba las horas, el miedo le robaba el sueño, noche sí noche también. Ni siquiera se sentía capaz de prepararse adecuadamente para lo inexorable: un peso abrasador le oprimía el pecho, un frío cuchillo le incendiaba el alma. Darse por vencido era lo más tranquilizador que tenía a mano. La vida es así, se decía, hay ocasiones en que poco o nada podemos hacer ya. ¡Alea jacta est!

Habían pasado quince meses ya desde su marcha, ahora sabía a ciencia cierta que aquello fue en cierto modo una huída hacia adelante como tantas otras veces, desde su llegada no hubo día en que no pensara en ella, pero Clara no fue a buscarle a la estación como había prometido, tampoco le dejó la dirección de la casa que decía tenerle apalabrada, ni un solo correo, ni una sola llamada, el silencio más absoluto que nunca hubiera podido imaginar. Aun así durante meses intentó nadar a contracorriente sobreponiéndose a su propio infortunio, con arrojo, con dignidad y orgullo, pero hoy por hoy se sentía sin aliento. A solas. Roto.

Se enteró de todo leyendo entre líneas el último escrito que ella publicara en la Revista de Literatura. El diagnóstico era claro, el pronóstico incuestionable. Tres meses a no más tardar para que todo hubiera terminado. De nada le sirvió que la noticia viniera a explicarlo todo, tal vez ella solo quisiera salvarle del abismo en que se encontraba y no arrastrarle en su caída, pero aun así no había consuelo alguno. El amor no pudo ser, una vez más, pero en esta ocasión se trataba de la propia vida, la de Ella. Ni siquiera tendría la oportunidad de despedirse, de abrazarla, de desearle buen viaje. Sabía perfectamente que no le concedería esa oportunidad. La conocía bien. Mucho más de lo que ella misma podría imaginar. Pero no, no iría a buscarla.

Ensayaba frases que ni él mismo se creía: “la fe mueve montañas” “si confías plenamente en ti saldrás adelante” “no hay noche que no vea el día” y otras similares. Fue entonces cuando casi sin pensarlo decidió llamarla por teléfono, la idea no fue buena, una voz en off le indicaba: el teléfono al que llama tiene las llamadas restringidas. Ni el consuelo de darle aliento con un mensaje en el contestador le quedaba ya. Debería aceptarlo de una vez y dejar de darle vueltas al asunto.

La vida y la muerte son dos entes inseparables, tengas la edad que tengas. La quise!!

© AMS Cádiz




martes, 2 de octubre de 2012

"Zeta"



Cuando tras tantos años sigues teniendo una llamada diaria de tu amor, uno no tiene más remedio que celebrar la vida incluso con alharacas. Va por ella y el día que nos conocimos. Entonces  teníamos el corazón roto en pedazos los dos ¿recuerdas? Hoy seguimos adelante!! Te quiero mi niña! Amador

“El Cartero y Pablo Neruda”

Al parecer decías que todo momento tiene su significado,
que toda palabra tiene su lugar
y que siempre hay un camino para llegar al corazón de una mujer.
Beatrice esperaba tus palabras maestro,
pero Mario callaba, callaba y callaba,
sólo la miraba, la miraba y la miraba.
También el Mediterráneo estuvo ante tus ojos de poeta
y supo de tus palabras en la arena de la playa.
Decías que este Mare Nostrum se sale de sí mismo en cada ola,
y que dice si y dice no, y dice si y dice no,
dice si con azul y espuma y al galope dice no.
Mario te escucha y te mira, tu le miras y le hablas,
mira Mario el mar no puede estarse quieto, escúchalo:
¡Me llamo Mar insiste y hasta lo escribe en una piedra!
Las palabras viajaban incesantes cuando tú le hablabas
de acá para allá, como el amor, como la vida,
el mundo es una barca sacudida de palabras
Beatrice terminó rendida ante tus versos,
y Mario terminó siendo tu amigo,
pero maestro, Mario y nuestro mar,
al menos en el cine,
también te enseñaron algo:
¡La poesía no es sólo de quien la escribe,
sino de quien de verdad la necesita!

Tu me enseñaste esta película hoy hecha poema modestamente por mí, tu me enseñaste a vivir sin arrogancia ni vanidades: tú siempre fuiste una gran mujer y el tiempo ha demostrado que una gran amiga ¿te suena el tema musical? Te quiero Zeta


©AMS Cádiz


Este será el último post que publique en esta web hasta el día de su aniversario: más de 15 años juntos dan para mucho, huevos con papas, espaquetis con ajo y poco más. Te he querido con locura y a veces con malas artes, no soy un hombre bueno, fui arrogante y vanidoso ifnorante de las emociones ajenas: alexitímico. Te estaré siempre agradecido y espero tu comprensión, la vida ya no es fácil para nadie: hoy toca precocinado de Litoral no hay pa langostinos. Nunca dudes de qhe te he querido con locura, te sigo queriendo bien, con franqueza, con hondura desde el primer día. Perdona la añoranza y que te extrañe estoy más cerca de tu tierra de origen que de Sevilla y casi todo empieza a darme igual. Te quiero Zeta: sé feliz en tu nuevo proyecto, con tu nuevo amor, a mi me diste todo lo que se puede dar, contra  vientos y mareas. HAGO EXPLICITO MI ADMIRACIÓN Y CARIÑO POR TI ANTE MIS AMIGOS/AS POETAS. Muchos besos Amador y rescato una frase tuya que siempre me toco el corazón tu que no vas de poeta: no confundas nunca mi entereza con mi indiferencia. Solo por conocer a alguien como tu merece la pena haber vivido pese a que ahora todo esté siendo muy difícil.






lunes, 17 de septiembre de 2012

El tren de la tristeza



Relato breve de corte psicológico sobre las dificultades anímicas, emocionales y de salud y los sinsabores del devenir de la puta vida para muchas personas. Espero que les guste: yo también viajé en ese tren. Amador 

Publico enlace de su su entrada en globatium:
 http://www.globatium.com//index.php?nota=6153


"El tren de la tristeza"
Amador Muñoz
Amador Muñoz

“El tren de la tristeza”
El tren de la tristeza tiene los vagones pintados de gris- sólo por dentro- y por sus ventanas casi no entra el aire. No tiene compartimentos privados ni vagones de primera, pero sí estrechos pasillos por los que pasean sus viajeros, a cualquier hora del día o de la noche. Nunca apagan las luces y el bar y un pequeño dispensario farmacológico suelen estar abiertos. Es un tren muy especial aunque desde fuera no se distinga de los otros: circula por las vías con su lento traquetreo, sin prisa aparente por llegar a su próxima estación, donde tal vez alguien espere para subirse en él; es posible que sin saberlo todavía. En el tren de la tristeza casi todo el mundo viaja solo y a menudo con poco equipaje… Puede ser que uno recuerde en qué estación se incorporó al viaje, pero es raro encontrar a alguien que sepa con certeza en que estación se bajará. Desde las ventanas casi todas las estaciones parecen iguales, aunque pases innumerables veces por ellas: porque entre otras muchas cosas el tren de la tristeza es circular y por eso nunca se detiene, ni llega a destino alguno.
En el tren de la tristeza reina el silencio sin necesidad de que nadie lo haya impuesto. Y aunque sus vagones no tienen números sino nombres como desamor, desesperanza, pena, desamparo, olvido, etc. todos se parecen mucho y ya nadie se fija en ello porque el deambular a veces lento, a veces nervioso de sus pasajeros parece tener como norma no mirar de frente al cruzarte con alguien y no preguntar nunca de donde vienes o a adónde te diriges.
A veces se oyen risas en el bar al calor de las cervezas y licores y hasta hay quien se atreve a hablar un poco de su vida y olvidarse por momentos de las razones que le han traído hasta aquí. Es entonces cuando este tren se parece mucho más a cualquiera de los otros trenes. Hay quien ha viajado mucho por el mundo y hay también quién está deseando hacerlo, quién vivió la espuma de los días y quien apenas supo de las alegrías, del amor y de los otros. Hay quien tocó el cielo con los dedos y también quién ha vivido en los arrabales del infierno. A veces se oyen llantos y quejidos tras las puertas de los baños y no es extraño encontrar a alguien que arruga su cara contra los cristales, para esconder su llanto y sus recuerdos.
En este tren casi nunca pasa nada pero cuando se acerca un túnel o se está ya inmerso en él un sobrecogedor estremecimiento parece apoderarse de todos y los viajeros parecen mirar hacia otro lado para esconderse de la oscuridad, el bar queda en silencio y en los vagones parecen escucharse latidos provenientes de los otros viajeros, que a veces nos hacen dudar de si no serán precisamente nuestros. Y uno deja de escuchar el incansable traquetreo del tren para fundirse con los latidos de los otros, tan anónimos como los propios. Y uno desea que llegue pronto la próxima estación para tomar aliento si es que nuevamente no nos atrevemos a bajar, en un acto desesperado, aún sabiendo que ya nadie nos espera en ningún sitio. Para este tren no se necesita visa ni pasaje y como no tiene supervisores no tienes que contar a nadie cual es tu próximo destino. A veces tampoco se recuerda cual fue la estación en la que decidiste dar el paso y subir esos cuatro escalones metálicos que nos separan del andén. A veces piensas que nunca volverás a bajarlos y lo que es seguro es que casi nunca lo harás en el mismo sitio.
En este tren viajan hombres y mujeres provenientes de todos los lugares, unos en el vagón de la melancolía, otros en el de la enfermedad, otros en el de la desesperanza, otros en el del olvido, otros en el del desamor; otros en el del hastío y así hasta un sinfín de nombres y vagones que nadie quiere renombrar ni conocer y que no tienen importancia porque a veces uno no sabe bien a cual de los vagones pertenece y se echa a descansar y dormitar en cualquier sitio, harto de no soñar y cansado de tanto viaje, lejos de El o de Ella, lejos de los tuyos, lejos de cualquier sitio. Y es entonces cuando te entran ganas de saltar en marcha, o quedarte para siempre a la intemperie, entre vagón y vagón. Es entonces cuando piensas más con el corazón que con la cabeza que el viaje continúa y que siempre habrá una próxima estación.
En el tren de la tristeza viajan gentes de todas las edades y condición: sólo el dolor nos hace iguales vengamos de donde vengamos, seamos quienes seamos; sólo el amor nos hace eternos...
En el tren de la tristeza viajan gentes que perdieron otros trenes… también a veces viajan niños.

©AMS Madrid-Cadiz

sábado, 1 de septiembre de 2012

"The girl from english tavern"




No encuentro la letra  de la  canción es un poema musicado. Espero que les guste. Besos y abrazos. Amador








“La chica de la taberna inglesa”

Tiene ojos melancólicos
entre azul y gris
como el cielo de Londres
como si estuviese a punto de llover sobre ellos
Good morning me dice
Good morning le digo
Y me mira
Y sonríe
Y acaricia a la Zambrita
Detiene su tarea unos minutos
Deja de limpiar y colocar sillas y mesas
Dou you want a cigarrete friend? me dice
Yes please thank you le digo
Y me invita a sentarme
Y se sienta
Y me habla
Y me mira
Dice que el sol es su regalo
y Cádiz su nueva tierra
yo le digo que también la mía
Y sonríe
Y me vuelve a mirar
Y fuma
En realidad fumar juntos es lo que nos une
apenas si nos entendemos
Ella no habla español
y yo a duras penas algo de spanglish
Me cuenta que el mar es su nuevo tesoro
yo le digo que también el mío
Y fuma
Y se desenreda el pelo
Y se muerde las uñas
Le hablo de Madrid
ella me habla de Londres
Y hablamos del mar del sol y del tiempo que hace hoy
Y apaga el cigarrillo
Y se pone de nuevo a trabajar
Y yo me vuelvo a casa
Luego por la tarde nos volvemos a encontrar
Hellow friend me dice
Hellow my friend le digo
Está sola casi siempre
hasta que a la caida de la tarde
empiezan a llegar los primeros clientes
Y se sienta un rato
Y se enciende un cigarrillo
Y me invita a sentarme con ella
Dou you want beer?
Another day okay le digo
Okay no problem me dice
no sé cómo explicarle en inglés
que ya no bebo
Y fuma
Y me mira
Y sonríe
Y yo fumo
Y la miro
Y le hablo
Me cuenta que es feliz aquí
yo le digo que también lo soy
Tiene un aura que la envuelve
un nosequé de nosedonde
que no alcanzo a describir
Tiene el pelo negro, largo y rizado
y un halo de belleza que no alcanzo a comprender
porque no es directamente guapa
La chica de la taberna inglesa es una mujer
extraña espiritual qué se yo
y tiene un don un poder
o guarda algún insondable secreto:
The girl of the english tavern is a mistery in my new life

©AMS Cádiz